PESADILLAS Y TERRORES NOCTURNOS
Pocas cosas sobresaltan tanto a una mamá o a un papá como escuchar los gritos de sus hijos en medio de la noche. Asustados, corren a sus camas y los encuentran, por lo general, más asustados de lo que están ellos.
Y los culpables de tanto pánico en la noche suelen ser dos: los terrores nocturnos o las pesadillas. Dos conceptos que en primera instancia pueden parecer sinónimos pero que no lo son, ya que difieren notoriamente por la forma en la que se manifiestan.
La característica principal de los terrores nocturnos es que los chicos permanecen dormidos durante todo el tiempo que duran los gritos y los movimientos con los que parecen querer defenderse de algo o de alguien. Pueden tener los ojos abiertos e incluso levantarse y caminar o correr por la casa, pero cuando por fin se despiertan, no recuerdan haber soñado nada, ni haber gritado, ni haber llamado a mamá.
Se supone que estos terrores no son el resultado de la actividad del sueño, sino episodios que ocurrirían en el momento de pasar de un sueño profundo a otro más superficial.
En cambio, cuando los padres llegan al pie de la cama de un chiquito que ha tenido una pesadilla, el niño está despierto y terriblemente asustado por algo que puede relatar con más o menos detalles: el monstruo, el fantasma, el ladrón y situaciones de todo tipo aparecen en fragmentos entre los sollozos que se van calmando poco a poco, en la medida en que los chicos se dan cuenta de que fue solamente un sueño.
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